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Hoy nos hemos levantado con una noticia de esas que provocan un sentimiento colectivo de indignación y rabia. De las que no pueden pasar desadvertidas sin una reacción y condena unánime de la sociedad, que merecen una respuesta drástica y bien sonada por parte de todos los ciudadanos. Y algo más.

Resulta que después de promover que los Gobiernos de Europa recortaran derechos sociales, laborales y económicos a cientos de millones de personas en todo el continente, después de ver cómo se congelaban y reducían los sueldos y se despedía a millones de empleados y decenas de miles de funcionarios, los diputados del Parlamento Europeo han votado hoy en contra de varias medidas dirigidas al ahorro y la contracción del gasto, como congelar sus salarios o renunciar a volar en primera clase.

Los políticos, especialmente los que han votado en contra de las medidas de ahorro para 2012 propuestas por el Parlamento Europeo, argumentarán que no se va a arreglar la crisis por mucho que se les congele el sueldo a ellos o se les cambie los billetes de avión de primera a clase turista. Y no les falta razón. Pero tampoco a todos los que pensamos que son unos sinvergüenzas.

Porque dicho de una persona, según la Real Academia Española de la lengua, sinvergüenza es quien comete actos ilegales en beneficio propio, o que incurre en inmoralidades. Y, lamentablemente, estamos gobernados por sinvergüenzas a los que hay que decir BASTA YA.

Primero permitieron que el sistema financiero y los mercados hicieran y deshicieran a su antojo sin ejercer ningún control político. Luego prometieron que actuarían contra aquellos que nos llevaron a la peor crisis económica mundial de los últimos 80 años, que acabarían con los paraísos fiscales y que no permitirían que la situación volviera a repetirse.

Más tarde ignoraron sus propias promesas, y a pesar de que la situación ya había disparado los niveles de desempleo y reducido el nivel adquisitivo de los ciudadanos (dejando en la absoluta desesperación a muchos), justificaron que para salir de la situación había que hacer ajustes “dolorosos” : congelar y reducir los sueldos de empleados y funcionarios; eliminar prestaciones sociales y ayudas al desarrollo; privatizar servicios públicos y, lo mejor de todo, nacionalizar las pérdidas de los bancos.

Los ciudadanos, víctimas inocentes de una catástrofe económica histórica, somos quienes tenemos que soportar sobre nuestras espaldas las consecuencias de una mala gestión política a nivel mundial que durante años se camufló bajo la máscara del “crecimiento”.

Dos años y medio después de la caída de Lehman Brothers, los bancos y multinacionales ya han vuelto a obtener beneficios de miles de millones de euros gracias a la inestimable ayuda de los gobiernos y a que somos nosotros, y nadie más, quienes hemos soportado como hemos podido una destrucción de empleo sin precedentes, quienes estamos frustrados por las lamentables expectativas de futuro que se nos presentan, quienes pagamos las subidas de los carburantes, de la electricidad y de todo tipo de impuestos. Tendremos que trabajar más años de nuestra vida por un sueldo y una jubilación menor, y pagar la educación y la salud de nuestros hijos y nietos cuando ya no haya servicios públicos.

Somos nosotros quienes carecemos de oportunidades laborales, quienes a pesar de las dificultades hemos visto como descienden nuestras prestaciones por desempleo y desaparecen algunos de los subsidios para quienes más los necesitan. Somos nosotros quienes tenemos que entregar nuestras casas por no tener medios para pagar la hipoteca.

Pero ellos, los políticos del Parlamento Europeo, no pueden renunciar a sus billetes de avión en primera clase ni a los 4.299 euros mensuales que reciben ¡¡sólo en concepto de gastos!!.

Nos engañaron primero haciéndonos vivir en la burbuja del consumismo descontrolado, en el cuanto más mejor, hasta que estalló la crisis. Después nos hicieron tragar la pantomima del G-20, ese foro multilateral que según Obama, Merkel y Sarkozy iba a demostrar que el poder político iba a actuar contra el poder económico para evitar que nosotros, sus electores, tuvieramos que sufrir las consecuencias.

Pero nos volvieron a engañar. Y nos aplicaron duros recortes a nosotros, no a las multinacionales e instituciones financieras, porque “son ellas quienes tienen que reactivar la economía y devolver la prosperidad a los ciudadanos”. Nos prometieron que iban a cambiar el sistema que nos hizo llegar a esta situación, pero lo único que han hecho ha sido reforzarlo y decirnos que la solución a lo que ocurre la tienen precisamente quienes crearon la crisis. No solo son unos sinvergüenzas, sino que nos toman por estúpidos.

Lo que está ocurriendo en Europa a raíz de la crisis de la deuda, solo da la razón a quienes piensan que la democracia es mentira y que los ciudadanos solo participamos en ella una vez cada cuatro años, depositando una papeleta en una urna.

Partidos que se hacen llamar socialistas y obreros no solo incumplen el 90% de sus promesas electorales, sino que actúan de manera totalmente opuesta a lo que anunciaron en sus programas, actuando contra trabajadores y gobernando en función de los dictados del mercado, ese ente sin rostro conformado por especuladores que nunca aparecieron en una lista electoral; personas que a las que no ponemos cara y de las que no conocemos ni siquiera su nombre, pero que han obligado a  hipotecar para siempre nuestros derechos en su propio beneficio con la inestimable ayuda del poder político.

¿Eso es democracia? ¿Eso es representar al pueblo?¿Para qué sirve nuestro voto?

De actos de sinvergonzonería como el de los eurodiputados tiene que salir la indignación popular que, como dice Stephan Hessel, ha de causar hoy la resistencia y reacción contra la dictadura de los mercados.

Los políticos ya han demostrado que ellos, en las circunstancias actuales, no se van a poner del lado de sus electores sino del de los mercados, y ante todo del suyo propio. Por eso siguen siendo una de las tres principales causas de preocupación para los españoles, y para muchas otras personas en todos los rincones de Europa. Pocos dicen confiar en ellos para sacarnos de esta situación. Y eso se refleja en la abstención registrada en comicios regionales y locales que han tenido lugar recientemente, por ejemplo, en Alemania o Francia.

Se aproximan las elecciones municipales en España, y el próximo año vendrán las generales. ¿Qué pasaría si el pueblo decidiera reaccionar con un 70% de votos en blanco?

De acuerdo, quizás no arreglaremos mucho. Pero al menos habremos demostrado coherencia. Ejerceríamos nuestro derecho y obligación de votar, sí, pero en blanco, mandado un mensaje muy claro de que nos sentimos engañados y estafados, que participamos en esta mentira de democracia porque no nos queda alternativa, haciendo que cualquier Gobierno elegido carezca de legitimidad y apoyo.

Por llamarlo de algún modo, y en términos similares a los empleados por los políticos para defender los recortes, sería un ‘plan de ajuste electoral’. Ellos nos quitan nuestros derechos porque lo dicen los mercados, y nosotros a ellos les retiramos el voto y la legitimidad democrática hasta que nos devuelvan lo que nos han robado. Así de sencillo.

Votar en blanco es sólo una idea. Repito: puede que no sirva de nada. Pero quizás así prendamos la mecha del cambio y lleguemos a provocar un Expediente de Regulación de Empleo (E.R.E) en el Congreso y el Senado. ¿Se imaginan despedir a todos aquellos políticos que sean prescindibles, los que chupan del bote y viajan en primera pero no realizan un trabajo trascendente para la ciudadanía? ¿Con cuántos de ellos nos quedaríamos?

Piensen por un momento en que llegará el día en que los titulares de los periódicos digan: ‘El paro entre la clase política supera ya el 20%. ¿Iríamos a peor los ciudadanos? ¿Acaso no merecería la pena?

Nosotros ya no tenemos mucho más que perder, pero sí mucho que ganar (o, mejor dicho, recuperar): nuestra dignidad y el sentido de la participación democrática.