Conque vamos a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles libios, ¿cierto? Lástima que no se nos haya ocurrido hace 42 años. O 41 años. O… bueno, ustedes saben el resto. Y no nos dejemos engañar sobre lo que en realidad significa la resolución del Consejo de Seguridad. Una vez más, será el cambio de régimen. Y así como en Irak –para usar una de las únicas frases memorables de Tom Friedman en ese tiempo–, cuando el último dictador se vaya, ¿quién sabe qué clase de murciélagos saldrán de la caja?

Y luego de Túnez y de Egipto, tenía que ser Libia, ¿verdad? Los árabes de África del norte demandan libertad, democracia, no más opresión. Sí, eso es lo que tienen en común. Pero otra cosa que esas naciones tienen en común es que fuimos nosotros, los occidentales, quienes alimentamos a sus dictaduras década tras década. Los franceses acurrucaron a Ben Alí, los estadunidenses apapacharon a Mubarak y los italianos arroparon a Kadafi hasta que nuestro glorioso líder fue a resucitarlo de entre los muertos políticos.

¿Sería por eso, me pregunto, que no habíamos sabido de lord Blair de Isfaján en fechas recientes? Sin duda debería haber estado allí, aplaudiendo con júbilo ante una nueva “intervención humanitaria”. Tal vez sólo está tomando un descanso entre episodios. O tal vez, como los dragones en La reina de las hadas, de Spenser, está vomitando en silencio panfletos católicos con todo el entusiasmo de un Gadafi en pleno impulso.

Abramos el telón apenas un poco y observemos la oscuridad que hay detrás. Sí, Gadafi es un orate absoluto, un lunático del nivel de Ajmadineyad de Irán o Lieberman de Israel, quien una vez, por cierto, se puso a fanfarronear con que Mubarak podía “irse al infierno”, pero se puso a temblar de miedo cuando Mubarak fue en verdad lanzado en esa dirección. Y existe un elemento racista en todo esto.

Medio Oriente parece producir estos personajes… en oposición a Europa, que en los 100 años pasados sólo ha producido a Berlusconi, Mussolini, Stalin y el chaparrito aquél que era cabo en la infantería de reserva del 16 regimiento bávaro y que de plano perdió el seso cuando resultó electo canciller en 1933… pero ahora estamos volviendo a limpiar Medio Oriente y podemos olvidar nuestro propio pasado colonial en este recinto de arena. Y por qué no, cuando Gadafi dice a la gente de Bengasi: “iremos zenga, zenga (callejón por callejón), casa por casa, cuarto por cuarto”. Sin duda es una intervención humanitaria que de veras, de veritas es una buena idea. Después de todo, no habrá “tropas en tierra”.

Desde luego, si esta revolución fuese suprimida con violencia en, digamos, Mauritania, no creo que exigiéramos zonas de exclusión aérea. Ni en Costa de Marfil, pensándolo bien. Ni en ningún otro lugar de África que no tuviera depósitos de petróleo, gas o minerales o careciera de importancia en nuestra protección de Israel, la cual es la verdadera razón de que Egipto nos importe tanto.

Enumeremos algunas cosas que podrían resultar mal; demos una mirada de soslayo a esos “murciélagos” que aún anidan en el reluciente y húmedo interior de su caja. Supongamos que Gadafi se aferra en Trípoli y que británicos, franceses y estadunidenses destruyen sus aviones, vuelan sus aeropuertos, asaltan sus baterías de vehículos blindadas y misiles y él sencillamente no desaparece. El jueves observé cómo, poco antes de la votación en la ONU, el Pentágono comenzaba a ilustrar a los periodistas sobre los peligros de toda la operación, precisando que podría llevar días instalar una zona de exclusión aérea.

Luego está la truculencia y villanía de Gadafi mismo. Las vimos este viernes, cuando su ministro del Exterior anunció el cese del fuego y el fin de todas las operaciones militares, sabiendo perfectamente, por supuesto, que una fuerza de la OTAN decidida al cambio de régimen no lo aceptaría y que eso permitiría a Gadafi presentarse como un líder árabe amante de la paz que es víctima de la agresión de Occidente: Omar Mujtar vive de nuevo.

¿Y qué tal si sencillamente no llegamos a tiempo, si los tanques de Gadafi siguen avanzando? Entonces enviamos mercenarios a ayudar a los rebeldes. ¿Nos instalamos temporalmente en Bengasi, con consejeros, ONG y la acostumbrada palabrería diplomática? Nótese cómo, en este momento crítico, no hablamos ya de las tribus de Libia, ese curtido pueblo guerrero que invocamos con entusiasmo hace un par de semanas. Ahora hablamos de la necesidad de proteger al “pueblo de Libia”, ya sin registrar a los Senoussi, el grupo más poderoso de familias tribales de Bengasi, cuyos hombres han librado gran parte de los combates. El rey Idris, derrocado por Gadafi en 1969, era Senoussi. La bandera rebelde roja, blanca y verde –la vieja bandera de la Libia prerrevolucionaria– es de hecho la bandera de Idris, una bandera Senoussi.

Ahora supongamos que los insurrectos llegan a Trípoli (el punto clave de todo el ejercicio, ¿no es así?): ¿serán bienvenidos allí? Sí, hubo protestas en la capital, pero muchos de esos valientes manifestantes venían de Bengasi. ¿Qué harán los partidarios de Gadafi? ¿Se “disgregarán”? ¿Se darán cuenta de pronto de que siempre sí odiaban a Kadafi y se unirán a la revolución? ¿O continuarán la guerra civil?

¿Y si los “rebeldes” entran a Trípoli y deciden que Gadafi y su demente hijo Saif al-Islam deben recibir su merecido, junto con sus matones? ¿Vamos a cerrar los ojos a las matanzas de represalia, a los ahorcamientos públicos, a tratos como los que los criminales de Gadafi han infligido durante tantos años? Me pregunto. Libia no es Egipto. Una vez más, Gadafi es un chiflado y, dado su extraño desempeño con su Libro Verde en el balcón de su casa bombardeada, es probable que de cuando en cuando también monte en cólera.

También está el peligro de que las cosas salgan mal de nuestro lado: las bombas que caen sobre civiles, los aviones de la OTAN que pueden ser derribados o estrellarse en territorio de Gadafi, la súbita sospecha entre los “rebeldes”/”el pueblo libio”/los manifestantes por la democracia de que la ayuda de Occidente tiene, después de todo, propósitos ulteriores. Y luego hay una aburrida regla universal en todo esto: en el segundo en que se emplean las armas contra otro gobierno, por mucha razón que se tenga, las cosas empiezan a desencadenarse. Después de todo, los mismos “rebeldes” que la mañana del jueves expresaban su furia ante la indiferencia de París ondeaban banderas francesas la noche de ese día en Bengasi. ¡Viva Estados Unidos! Hasta que…

Conozco los viejos argumentos. Por mala que haya sido nuestra conducta en el pasado, ¿qué debemos hacer ahora? Es un poco tarde para preguntar eso. Amábamos a Gadafi cuando llegó al poder en 1969 y luego, cuando mostró ser un orate, lo odiamos; después lo volvimos a amar –hablo de cuando lord Blair le estrechó las manos– y ahora lo odiamos de nuevo. ¿Acaso Arafat no tuvo un similar historial de altibajos para los israelíes y los estadunidenses? Primero era un superterrorista que anhelaba destruir a Israel, luego un superestadista que estrechó las manos de Yitzhak Rabin, y luego de nuevo se volvió un superterrorista cuando se dio cuenta de que había sido engañado sobre el futuro de Palestina.

Algo que podemos hacer es ubicar a los Gadafi y Saddam del porvenir que alimentamos hoy, los futuros dementes sádicos de la cámara de torturas que cultivan a sus jóvenes vampiros con nuestra ayuda económica. En Uzbekistán, por ejemplo. Y en Turkmenistán, Tayikistán, Chechenia y otros por el estilo. Hombres con los que tenemos que tratar, que nos venderán petróleo, nos comprarán armas y mantendrán a raya a los terroristas musulmanes.

Todo es tan conocido que fastidia. Y ahora estamos de nuevo en ello, dando puñetazos en el escritorio en unidad espiritual. No tenemos muchas opciones, a menos que queramos ver otro Srebrenica, ¿verdad? Pero un momento: ¿acaso aquello no ocurrió mucho después de que impusimos nuestra zona de exclusión aérea en Bosnia?

Robert Fisk

© The Independent

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La intervención de la comunidad internacional en Libia y la eventual salida de Muammar Gaddafi del poder no están exentas de peligros ni garantizan la democratización del país norafricano, según expertos consultados por REFORMA.

Las medidas aprobadas ayer por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas evitarán en el corto plazo un derramamiento de sangre en Libia, según Manuel Ferez, profesor de Medio Oriente en la Universidad Iberoamericana de México y director del Centro de Investigación y Docencia para América Latina y Medio Oriente (CIDAM). “Pero tendrán un costo en el medio y largo plazo”, dijo.

Libia está conformada por centenares de tribus de bereberes, beduinos, turcos y árabes puros, entre otras etnias. Una situación que, unida a la presencia de mercenarios y personas leales a Gaddafi, hacen que el riesgo de una prolongada guerra civil en Libia siga siendo “muy alto”, incluso si finalmente se sacara al Mandatario del poder, impidiendo que los rebeldes logren éxitos democráticos duraderos, indicó Ferez.

Por ello, y ante una eventual intervención de la ONU o de la OTAN, Ferez señala la necesidad de que se acompañe a la época post Gaddafi de un plan que establezca mecanismos de consulta y asesoría para la democratización de Libia, así como de una presencia efectiva de tropas de paz de Naciones Unidas, “preferentemente”, para evitar que las luchas tribales degeneren en una guerra civil en el país.

“Al contrario que en otros países de la región, en los que sí se está produciendo una transición política, Libia es un Estado que carece de infraestructuras políticas, instituciones civiles o partidos políticos”, señaló por su parte Matthew Waxman, profesor de Derecho y Política Internacional en la Universidad de Columbia.

Waxman también hizo hincapié en la importancia de elaborar un plan de contingencia bien estudiado para garantizar la democratización de Libia a largo plazo y evitar que la comunidad internacional y Estados Unidos pierdan legitimidad ante otras dictaduras de la región.

La resolución del Consejo de Seguridad aprueba “todas las medidas necesarias” para proteger a la población civil de los ataques del Ejército de Gaddafi e imponer una zona de exclusión aérea sobre Libia. Pero no establece qué medidas concretas serán las que se lleven a cabo y expresamente “excluye una fuerza de ocupación” sobre el terreno.

Para Waxman, hay serios peligros de que la zona de exclusión aérea (si no va acompañada de otras medidas) no sirva para detener los ataques del Gobierno libio contra rebeldes y civiles. Además, señala, podría recrudecer aún más el conflicto en Libia.

“Las conocidas como acciones militares ligeras o de cirugía tienen un atractivo, porque frecuentemente dan la sensación de que se está haciendo algo, pero a menudo implican serios peligros”, señala. “Uno de ellos es que si acaban siendo inefectivas, nos pueden llevar a una situación peor a la que teníamos antes, minando nuestra credibilidad y creando un incentivo adicional para el recrudecimiento del conflicto”.

En la misma línea se expresa Micah Zenko, especialista en Prevención de Conflictos del Council on Foreign Relations de Estados Unidos.

“Si ves cómo está muriendo la gente en Libia, tanto civiles como rebeldes, la mayoría lo está haciendo por ataques terrestres”, indicó Zenko.  “No hay razón para asumir que las tropas de Gaddai -muy superiores en número y armas a los rebeldes- continuarán lanzando ataques aéreos”, prosiguió Zenko. “Claramente, redirigirán sus esfuerzos para acabar con los insurgentes utilizando solo sus recursos terrestres, sin violar la resolución de la ONU”.

“¿Qué se va a hacer entonces? A no ser que se esté dispuesto a dar el siguiente paso, que es desplegar fuerzas especiales para tratar de detener físicamente a las tropas terrestres de Gaddafi en su acoso contra la población civil y las matanzas contra rebeldes, no se debe imponer para nada la zona de exclusión aérea”, explicó.

El próximo 9 de julio, Sudán del Sur proclamará su independencia, convirtiéndose en el 54º país de África y el 193 del mundo.

Los habitantes de esta región dijeron `sí´ por abrumadora mayoría a su secesión del resto de Sudán en un referéndum celebrado recientemente, culminando así décadas de conflicto con las autoridades centrales del país, una lucha por la independencia que comenzó poco después de la descolonización de este país africano, en 1955, y que hasta la firma de los acuerdos de paz de 2005 dejó al menos dos millones de muertos, según Naciones Unidas.

Para muchos expertos y analistas, la independencia de Sudán del Sur responde a la nueva partida de ajedrez que están disputando Estados Unidos y China en el continente africano.

Washington respaldó abiertamente el proceso de independencia de esta región, que alberga el 75 por ciento de los 6.500 millones de barriles que produce Sudán, el tercer mayor productor de crudo de África y la mayor nación por extensión del continente hasta julio.

El Gobierno estadounidense ha mantenido presiones para que se produjera la independencia de Sudán del Sur, pero también ha ofrecido para ello concesiones al presidente de Sudán, Omar al Bashir, acusado de genocidio y crímenes de lesa humanidad por la Corte Penal Internacional (CPI).

Además de las enormes riquezas en recursos que posee, Sudán representa un papel muy importante para los intereses geoestratégicos de China y Estados Unidos. Pese a estar escorado al este, el país es el centro de operaciones del continente, el lugar con más fronteras del continente y el espacio donde las dos potencias mundiales han decido desplegar sus piezas.

 Una vez dividido, tanto Washington como Pekín tendrán que ganarse los favores del nuevo Gobierno de Sudán del Sur.

China había sido en los últimos años el principal socio comercial y consumidor de petróleo producido en Sudán. Pekín no solo ha cerrado multimillonarios contratos con Al Bashir, sino que además le ha provisto de armas para protegerse de los ataques cometidos por rebeldes de Sudán del Sur y de la región occidental de Darfur contra los centros de extracción de petróleo y refinerías del país.

Aparentemente, la independencia de Sudán del Sur supone un tanto para Estados Unidos. Pero que China dejase hacer y no obstaculizase el proceso en sus etapas finales hace pensar a algunos que el gigante chino podría haber alcanzado un acuerdo secreto con las autoridades de Sudán del Sur.

De cualquier manera, en este juego de las grandes potencias quien pierde son los habitantes de todo Sudán, que van a ver cómo sus posibilidades de desarrollo como nación se reducen, al quedar los centros de extracción petroleros en Sudán de Sur y las infraestructuras para su refinamiento y gasoductos en el Norte.

Es cierto que las reivindicaciones de independencia de Sudán del Sur llevaban produciéndose desde los años sesenta, pero no ha sido hasta la fuerte entrada comercial de China en Sudán cuando los independentistas del sur comenzaron a recibir apoyos de la comunidad internacional para alcanzar sus objetivos.

Son varios los ejemplos de movimientos independentistas en regiones africanas ricas en recursos, como en Cabinda (Angola), en el norte de Malí y Níger o en la Cascamanace (Senegal). Si China y Estados Unidos continuaran su juego estratégico podríamos ver en el futuro la independencia de alguna de esas regiones, en las que existen petróleos, fostatos e incluso plutonio.

 Pero, ¿y si Pekín apuesta por una agresiva política de acuerdos comerciales y ayudas económicas hacia América Latina, como la que desarrolló durante la década pasada en África?

Imaginemos que crea unos fuertes lazos con Venezuela o con Bolivia, países con regiones muy ricas en recursos naturales como Cochabamba o Zulia, en las que existen élites y oligarquías a las que podría interesar su independencia para explotar en exclusividad las riquezas de esas tierras. Así, de paso, países como Estados Unidos conseguirían asfixiar económicamente a gobiernos como el de Hugo Chávez o Evo Morales, hostiles a la inversión de multinacionales extranjeras.

La historia nos recuerda que crear líneas divisorias y favorecer la independencia de regiones ricas en recursos naturales siempre suele tener consecuencias similares: unos pocos se enriquecen mucho, mientras los que poco tienen, con nada se quedan.

La humanidad siempre se ha beneficiado de los intercambios, tanto de recursos naturales y comerciales como de lenguas y dialectos, de culturas y tradiciones. En definitiva, del mestizaje y del multiculturalismo, de la unión de los pueblos y de las personas. Las divisiones e independencias, por el contrario, generan odios y conflictos. Víctimas inocentes, dolor y sangre.

Yo también nací en 1917. Yo también estoy indignado. También viví una guerra. También soporté una dictadura. Al igual que a Stéphane Hessel, me escandaliza e indigna la situación de Palestina y la bárbara invasión de Irak. Podría aportar más detalles, pero la edad y la época bastan para mostrar que nuestras vivencias han sucedido en el mismo mundo. Hablamos en la misma onda. Comparto sus ideas y me hace feliz poder presentar en España el llamamiento de este brillante héroe de la Resistencia francesa, posteriormente diplomático en activo en muchas misiones de interés, siempre a favor de la paz y la justicia.

‘¡INDIGNAOS!’  es un grito, un toque de clarín que interrumpe el tráfico callejero y obliga a levantar la vista a los reunidos en la plaza. Como la sirena que anunciaba la cercanía de aquellos bombarderos: una alerta para no bajar la guardia.

Al principio sorprende. ¿Qué pasa? ¿De qué nos alertan? El mundo gira como cada día. Vivimos en democracia, en el estado de bienestar de nuestra maravillosa civilización occidental. Aquí no hay guerra, no hay ocupación. Esto es Europa, cuna de culturas. Sí, ése es el escenario y su decorado. Pero ¿de verdad estamos en una democracia? ¿De verdad bajo ese nombre gobiernan los pueblos de muchos países? ¿O hace tiempo que se ha evolucionado de otro modo?

Actualmente en Europa y fuera de ella, los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado ya el bache y prosiguen su vida como siempre sin grandes pérdidas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el trabajo ni su nivel de ingresos. El autor de este libro recuerda cómo los primeros programas económicos de Francia después de la segunda guerra mundial incluían la nacionalización de la banca, aunque después, en épocas de bonanza, se fue rectificando. En cambio ahora, la culpabilidad del sector financiero en esta gran crisis no sólo no ha conducido a ello; ni siquiera se ha planteado la supresión de mecanismos y operaciones de alto riesgo. No se eliminan los paraísos fiscales ni se acometen reformas importantes del sistema. Los financieros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros. Es decir, el dinero y sus dueños tienen más poder que los gobiernos. Como dice Hessel, “el poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos, desde sus propios siervos hasta las más altas esferas del Estado. Los bancos, privatizados, se preocupan en primer lugar de sus dividendos, y de los altísimos sueldos de sus dirigentes, pero no del interés general”

¡INDIGNAOS!, les dice Hessel a los jóvenes, porque de la indignación nace la voluntad de compromiso con la historia. De la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y de la indignación tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. Debemos resistirnos a que la carrera por el dinero domine nuestras vidas. Hessel reconoce que para un joven de su época indignarse y resistirse fue más claro, aunque no más fácil, porque la invasión del país por tropas fascistas es más evidente que la dictadura del entramado financiero internacional. El nazismo fue vencido por la indignación de muchos, pero el peligro totalitario en sus múltiples variantes no ha desaparecido. Ni en aspectos tan burdos como los campos de concentración (Guantánamo, Abu Gharaib), muros, vallas, ataques preventivos y “lucha contra el terrorismo” en lugares geoestratégicos, ni en otros mucho más sofisticados y tecnificados como la mal llamada globalización financiera.

¡INDIGNAOS!, repite Hessel a los jóvenes. Les recuerda los logros de la segunda mitad del siglo XX en el terreno de los derechos humanos, la implantación de la Seguridad Social , los avances del estado de bienestar, al tiempo que les señala los actuales retrocesos. Los brutales atentados del 11-S en Nueva York y las desastrosas acciones emprendidas por Estados Unidos como respuesta a los mismos, están marcando el camino inverso. Un camino que en la primera década de este siglo XXI se está recorriendo a una velocidad alarmante. De ahí la alerta de Hessel a los jóvenes. Con su grito les está diciendo: “Chicos, cuidado, hemos luchado por conseguir lo que tenéis, ahora os toca a vosotros defenderlo, mantenerlo y mejorarlo; no permitáis que os lo arrebaten”.

¡INDIGNAOS! Luchad, para salvar los logros democráticos basados en valores éticos, de justicia y libertad prometidos tras la dolorosa lección de la segunda guerra mundial. Para distinguir entre opinión pública y opinión mediática, para no sucumbir al engaño propagandístico. “Los medios de comunicación están en manos de la gente pudiente”, señala Hessel. Y yo añado: ¿quién es la gente pudiente? Los que se han apoderado de lo que es de todos. Y como es de todos, es nuestro derecho y nuestro deber recuperarlo al servicio de nuestra libertad.

No siempre es fácil saber quién manda en realidad, ni cómo defendernos del atropello. Ahora no se trata de empuñar las armas contra el invasor ni de hacer descarrilar un tren. El terrorismo no es la vía adecuada contra el totalitarismo actual, más sofisticado que el de los bombarderos nazis. Hoy se trata de no sucumbir bajo el huracán destructor del “siempre más”, del consumismo voraz y de la distracción mediática mientras nos aplican los recortes.

¡INDIGNAOS!, sin violencia. Hessel nos incita a la insurrección pacífica evocando figuras como Mandela o Martin Luther Kingo. Yo añadiría el ejemplo de Gandhi, asesinado precisamente en 1948, año de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de cuya redacción fue partícipe el propio Hessel. Como cantara Raimon contra la dictadura: Digamos NO. Negaos. Actuad. Para empezar, ¡INDIGNAOS!

Prólogo escrito por José Luis Sampedro

Fuente: Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)
http://www.ucm.es/info/solidarios/ccs_portada.php

Cada 16 de febrero, la capital de Corea del Norte, Pyongyang, luce de gala para honrar a su ‘querido líder’, Kim Jong-Il, quien este año ha cumplido 69 años.

A pesar de los problemas económicos y de escasez de alimentos que enfrenta el país, al dirigente no le faltaron festejos: asistió a una exhibición de natación sincronzada, a un festival de patinaje artístico, al estreno de una película local y a una feria floral dedicada a la Kimjongilia, una begonia híbrida que recibe ese nombre en su honor.

Hace unos meses hice una entrevista al único extranjero que trabaja como funcionario para el Gobierno norcoreano. Para quien quiera conocer más en profundidad las especificidades de ese peculiar país asiático:  http://www.tiempodehoy.com/default.asp?idpublicacio_PK=50&idioma=CAS&idnoticia_PK=60652&idseccio_PK=616&h=100219

“¡Oh, Dios mío! ¡Peligra el Gran Premio de F-1 de Bahrain! ¿Qué vamos a hacer?”, escribía irónicamente un amigo mío ayer en su Facebook.

Y es que, los diarios deportivos españoles traían como noticia de portada que las protestas ciudadanas desatadas en Bahrain para exigir libertad, reformas políticas y sociales, podrían obligar a cancelar el comienzo del mundial de Fórmula-1, cuyo inicio estaba previsto para este fin de semana en ese emirato árabe.

As, Marca, Sport… para todos parecía una tragedia que los niños pijos pilotos no puedan subirse a sus millonarios coches y dar inicio al ‘circo de la Fórmula 1’.

– “¡Por Dios, van a cancelar las carreras! ¡Y todo por un grupo de unos pocos miles de manifestantes que piden democracia!”.

– “¿Demo qué?”.

– “¡Demcoracia! Y encima parece que con su maldita protesta van a conseguir dejar sin carreras a los millones de aficionados de todo el mundo que querían ver el inicio del mundial”.

– “¿Pero qué está pasando? El mundo se está volviendo loco…Nos dejan sin fórmula uno un puñado de “inconformes” por motivos políticos. No hay derecho”.

Conversaciones similares debieron tener lugar ayer en las redacciones de los periódicos deportivos españoles.
Digo debieron porque no tengo confirmación, pero lo puedo suponer. Si no, no tiene explicación que el Redactor Jefe de Motor de As (no un redactor cualquiera, ni un becario, no, todo un señor Redactor Jefe), Raúl Romojaro, escribiese un artículo titulado: “La política complica el deporte”.

El señor Romojaro, que parece no ser capaz de ver más allá del deporte, ni comprender lo que está sucediendo en el mundo árabe desde hace más de un mes y medio, comienza su artículo defendiendo la importancia del deporte porque: “Supone un alivio para muchas de nuestras tensiones cotidianas, una válvula de escape para la presión inevitable en estos tiempos convulsos. Aleja nuestra mente y nuestro ánimo, siquiera por unos instantes, de la política, de la economía, de las obligaciones y de los problemas cotidianos”.

Prosigue reconociendo y lamentando que “ni el propio deporte es ajeno a los conflictos” y que “su protagonismo social, su función de amplificador de enorme potencia, ya ha sido utilizado anteriormente (con fines políticos)… y parece que puede volver a ocurrir”, en referencia a que el inicio de la F-1 “está en la cuerda floja si la situación se complica en Bahrain”.

Es decir, que esos manifestantes que llevan varios días jugándose la vida en Bahrain contra una monarquía tirana que, según organizaciones como Human Rights Watch, utiliza la tortura de forma sistemática y lleva rigiendo el país desde el siglo XIX, ¡quieren “utilizar” la Fórmula 1 para reclamar su libertad, sus derechos a manifestarse, a reunirse, a formar partidos políticos, a poder expresar su opinión libremente! ¡Qué indecencia!

Y por si su sesudo y plural análisis de lo que está ocurriendo no hubiese sido suficiente, Romojaro sigue diciendo que el posible “sabotaje de la carrera” por parte de quienes se manifiestan en Bahrain “sería una pésima noticia para los que deseamos disfrutar de ella”. “Y tampoco creo que sea la solución a sus problemas…”, concluye.

Al señor Redactor Jefe de Motor de As lo único que le preocupa es que los manifestantes puedan sabotear el Gran Premio, que le dejen sin su “válvula de escape para los problemas cotidianos”. Y la pésima noticia no es que la F-1 haya elegido un país en el que no existe libertad, no. La pésima noticia es que se cancele la carrera.

La posibilidad de que veintitantos pilotos se suban a sus millonarios vehículos para continuar con su ‘circo’ mientras al otro lado del muro del circuito mueren personas (al menos 4 desde el lunes) por la brutal represión ejercida por la Policía de Bahréin contra los manifestantes, no supone ninguna inmoralidad. De hecho, ¿a quién le importa que esté muriendo gente? Lo importante es “aliviar” nuestras “tensiones cotidianas” con la carrera.

Por si fuera poco, nos deja otra perla más en medio de su artículo: “No me parece éste (su periódico, As) el foro para debatir si están justificadas o no las intenciones de quienes podrían sabotear la prueba en defensa de sus derechos”.

Porque claro -debe pensar-, al dedicarse a la información deportiva, ¿qué obligación tiene él de cumplir la labor social de todo periodista de dar a conocer a sus lectores las causas de por qué su Gran Premio se va a cancelar?

Que conste ante todo que no tengo absolutamente nada en contra de la prensa deportiva. De hecho, mi afición al periodismo provino de mi pasión por el deporte. Y me encantaría trabajar en la sección de deportes de muchos diarios nacionales o regionales, que son de una calidad literaria excelente, de un rigor al que no se le pueden poner peros y de una capacidad de análisis y de enfoque soberbia.

Pero sí estoy radicalmente en contra de los periódicos y periodistas que favorecen el embrutecimiento de las masas. No puedo con ello, y por eso me parece deplorable el enfoque que los periódicos deportivos y algunos periodistas, como el citado anteriormente, le están dando a la posible cancelación del G.P de Bahrein.

La prensa deportiva podría contribuir mucho más a la reducción de las injusticias sociales y a la erradicación de las violaciones de derechos humanos en todo el mundo.  Desde la primera ocasión en la que Bahrein fue introducido como Gran Premio del Mundial de F-1, los periódicos deportivos podrían haber informado a sus lectores de que es un país que, a pesar de sus riquezas petroleras, está regido por una tremenda desigualdad, una fuerte represión institucional, y una familia real que ocupa los ministerios y cargos de dirección del país, manejando a su antojo la nación y a sus “súbditos”.

Quizás así, informando a sus lectores de algo más importante que lo que ha desayunado Fernando Alonso antes de la carrera, habrían conseguido meter presión para que los dirigentes de la F-1 retirasen del calendario a una nación que no es, ni más ni menos, que una monarquía feudal viva en pleno siglo XXI, por mucho que decoren de lujo, glamour y modernos edificios los sitios turísticos, reservados para extranjeros y élites, que hay en el país.

Los mayores beneficiados habrían sido los periodistas deportivos y los aficionados a la F-1,  porque si hubiesen ejercido esa presión y la organización hubiera decidido retirar del calendario la carrera de Bahrain, los manifestantes de ese país no estarían amenazando ahora la “válvula de escape” de nadie y, quizás, hasta habríamos contribuido a hacerles libres.

Desde el periodismo deportivo se puede ayudar a dar a conocer y a promover el cumplimiento de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es de ley y es necesario. Son derechos inalienables y cuyo cumplimiento es esencial para hacer del mundo un lugar más justo, en el que reine el ‘fair play’ social.

Los derechos humanos, por muy aficionados al deporte que seamos, están infinitamente por encima del supuesto derecho que parece defender Romojaro a la celebración de espectáculos deportivos y a la evasión de las realidades cotidianas. Defender su cumplimiento es obligación de toda persona y de todo periodista.

‘Top ten’ de países compradores de armamento español en la última década:

Exportaciones de armamento entre 1999 y 2009, por países de destino y con valor expresado en millones de euros. Fuente: Secretaría de Estado de Comercio Exterior y Centro de Estudios para la Paz J.M Dèlas.

El principal cliente de la industria militar española en la última década ha sido Noruega, con un total de 1.088,9 millones de euros, seguido de Reino Unido (858,6 millones), Alemania (788,9 millones) e Italia (491,9 millones). Al país escandinavo se han vendido desde 2006 cuatro fragatas preparadas tanto para la guerra antisubmarina como en superficie, valoradas en más de 260 millones de euros cada una, y fabricadas por Navantia en sus astilleros de Ferrol. A sus más inmediatos seguidores, piezas y componentes para la fabricación del caza Eurofighter, del avión de transporte militar A400M, los helicópteros Tigre, los carros de combate Leopard y los misiles Meteor e Iris-T.

Las cifras oficiales de 2009 corroboran la tendencia de la última década: los países de la UE y de la OTAN son los principales receptores del material bélico español. Sin embargo, el volumen de exportaciones a la eurozona cada vez representa un porcentaje menor del total, registrándose una mayor apertura hacia otros continentes. Las ventas de material de defensa a países de la UE representaron durante el último año un 39,4 por ciento del total, frente al 59,8 de 2005 o el 79,6 de 2004.

De fuera de la zona OTAN-UE son el quinto y el sexto máximo receptor de armamento español en los últimos diez años: Malasia (341,5 millones) y Brasil (267,5 millones), respectivamente.

A pesar de que los países de la Alianza Atlántica y nuestros vecinos europeos son los principales mercados para las armas fabricadas en España, entre las naciones receptoras de armamento español en los últimos años aparecen algunas con un negro historial en la defensa de los Derechos Humanos, otras involucradas en conflictos armados y algunas en las que, según las ONG y algunos partidos políticos, existe riesgo de desvío o reexportación a países en guerra.

No es necesario salir del ‘top ten’ de países compradores de armamento español para encontrar a Marruecos, séptimo principal destino del armamento fabricado en España en los últimos diez años, a pesar de que las asociaciones pro saharauis denuncian la represión sistemática efectuada por el Ejército marroquí en el Sáhara Occidental.

En 2009, el reino alauí pagó 31,1 millones de euros por 286 vehículos todo terreno, ambulancias y camiones cisterna, contraincendios y grúas no blindados, partes y piezas de aeronaves y repuestos de armas ligeras para sus Fuerzas Armadas. El año anterior, las transferencias a Rabat ascendieron hasta los 113,90 millones de euros por la venta de 1.015 vehículos militares todo terrenos no blindados.

También en 2009, después de la ofensiva militar ‘Plomo Fundido’, efectuada por el Ejército israelí en la Franja de Gaza, en la que murieron 1.380 palestinos, España realizó exportaciones a Israel por valor de unos 800.000 euros, de los que  624.000 correspondieron a bombas, torpedos, cohetes y misiles.

A pesar del conflicto que mantiene el Gobierno israelí en los territorios palestinos ocupados, de las denuncias de detenciones arbitrarias de miles de personas, de las torturas y desapariciones de ciudadanos palestinos, y de los bombardeos contra asentamientos civiles como los realizados en el sur de Líbano (en 2006) o en la Franja de Gaza (a finales de 2008), todos los años se exportan materiales armamentísticos a Israel, país que en la última década ha comprado 14,9 millones de euros en armas fabricadas en España.

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