El revolucionario arrepentido que cambió el fusil por la pluma

Publicado: 7 septiembre, 2011 en Actualidad, Mundeces y curiosidades, Mundo
“La gente me pregunta: ‘¿Cesare, y la revolución?’ Y yo les contesto: ‘¿Qué revolución? Eso ahora es un chiste’. Yo tenía 16 años cuando entré en el activismo, ya no soy ese. Si continuase siendo un revolucionario hoy, sería un idiota”.

Quien habla, en entrevista al diario brasileño Folha, es Cesare Battisti, ex activista del grupo armado italiano de extrema izquierda Proletarios Armados por el Comunismo (PAC), condenado en ausencia en su país por cuatro asesinatos ocurridos a finales de los 70, asilado actualmente en Brasil y autor ya de 18 novelas.

Nacido en 1954, vivió su adolescencia en plena efervescencia de los movimientos sociales surgidos tras el mayo del 68 parisino.

En la Italia de la época fueron muchos los grupos que, como las Brigadas Rojas o el PAC, comenzaron a adoptar la lucha armada para librar una especia de guerra de estilo anarquista contra el capitalismo y lo que ellos denominaban el aparato represor del Estado.

Eran grupos marxistas que condenaban todo lo que oliese a Estados Unidos, pero que a su vez renegaban de la URSS y de los partidos comunistas tradicionales de la Europa Occidental, a los que consideraban traidores por haber colaborado con “los enemigos de los trabajadores” y haber claudicado ante el capitalismo.”En los años 70, en el mundo entero, había un movimiento revolucionario. Millones de personas lucharon, con o sin armas, contra regímenes y estados”, recuerda Battisti, cuyas palabras desprenden arrepentimiento, pero también evocan a una de las mayores tragedias vividas en México: la matanza del 2 de octubre del 68 en Tlatelolco.

“Yo era muy jóven, igual que todos los demás en aquella época creí que podía cambiar el mundo”, indica. “Pero cuando ves que matan a tu mejor amigo y tú tienes sólo 20 años, reaccionas”.Su reacción fue enrolarse en el PAC, un grupo armado creado en 1976 y conformado por apenas 60 jóvenes trabajadores, desempleados y profesores en Lombardía y en el Veneto.

“Aquel movimiento revolucionario respondió a una provocación, y respondió con las armas”, apunta. “Fueron los regímenes o los estados los que primero empezaron a usar las armas, los que empezaron a matar. Esa fue la estrategia de los regímenes y de los poderosos de la época. Ellos no tenían ninguna otra alternativa para poder destruir los riquísimos movimientos culturales y sociales de aquel tiempo, salvo la de incitar al uso de las armas, y caímos en la provocación”.

Desde hace 30 años, Battisti se encuentra en una fuga permanente que inició en México, lugar que le sirvió de inspiración para escribir sus primera novela,“Avenida Revolución”, donde narra la situación de los marginados en esa avenida emblemática de Tijuana.

Ya sin armas ni revolución que emprender, y siendo la historia de su vida un auténtico thriller, se aferró a la pluma para desarrollar una lustrosa carrera dedicada a la novela policiaca y el relato autobiográfico, con la novela “Mi huida” como su obra más leída.

En 1990 se instaló casi definitivamente en Francia gracias al apoyo del entonces presidente socialista François Mitterrand y de otras personalidades influyentes, como la escritora Fred Vargas, el filósofo Bernard-Henri Levy y el actual alcalde de París, Bertrand Delanoë.
 Sin embargo, el Gobierno francés cambió y, anticipándose a un cambio en la política de refugiados del país galo, huyó definitivamente a Brasil.

En marzo de 2007 fue arrestado en Río de Janeiro y posteriormente encarcelado. Pero después le fue concedido el asilo político por el Gobierno brasileño, algo que provocó tensiones entre Italia y el Presidente Luiz Inacio ‘Lula’ da Silva.

En una controvertida decisión, el pasado 31 de diciembre, en su último día como Mandatario, y contrariando un fallo de la Corte Suprema que recomendaba la extradición de Battisti a Italia, Lula utilizó sus poderes especiales para frenar la deportación del ex activista.

“Lula tomó una decisión como estadista. No fue una decisión ideológica, como algunos dicen. Nada de eso. Lo primero de todo, porque creo que Lula y yo no tenemos muchas cosas en común ideológicamente. Ningún presidente tomaría una decisión así por alguien como Cesare Battisti, que no defiende a nadie ni te va permitir obtener algo a cambio”, señala el italiano, quien vive en la clandestinidad en una ciudad del sur de Sao Paulo, no porque no tenga papeles, sino por temor a ser blanco de grupos de derecha y por las secuelas de la cárcel y la exposición pública, según su versión.

A pesar de expresar su arrepentimiento por su etapa de anarquista, Battisti se considera un chivo expiatorio por lo ocurrido en su país en los años 70.

Después de pasar la mitad de su vida prófugo, de haber pasado por la cárcel y de escribir casi dos decenas de novelas, ha cambiado sus sueños revolucionarios de juventud por el humilde deseo de alcanzar, a sus 54 años, una vida normal.

Eso sí, tiene claro que no quiere regresar a su país vivo, a pesar de que en Brasil se mantiene con pequeñas donaciones de un grupo de amigos escritores franceses con las que, afirma, no suma lo suficiente para pagar una renta, por lo que se hospeda en casas de amigos.

“Mi principal ocupación ahora es salir de esta situación. Salir de ese ‘Cesare Battisti el terrorista, el ex terrorista, el ex activista’. Instalarme en algún lugar, tener un hogar. Algún lugar donde pueda tener mis libros, mi computadora, mi vida…Sentarme, empezar a reflexionar y comenzar a trabajar”.

En contraposición a lo ocurrido en los últimos meses en Libia, la historia de Battisti es una muestra de que la violencia y la lucha armada, en la mayoría de ocasiones, generan más problemas sociales y personales de los que resuelven.Ç

Un ejemplo y un acicate para que los muchos movimientos sociales que han surgido en los últimos meses en Europa mantengan su carácter pacífico a la hora de luchar contra los recortes sociales impuestos por los mercados financieros, esos entes abstractos y sin rostro a los que nadie ha votado en unas elecciones pero cuyos movimientos y ataques especulativos han hipotecado el futuro de millones de personas con la connivencia de unos gobiernos cada vez más desorientados y desbordados por la crisis.

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