Archivos para marzo, 2011

Conque vamos a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles libios, ¿cierto? Lástima que no se nos haya ocurrido hace 42 años. O 41 años. O… bueno, ustedes saben el resto. Y no nos dejemos engañar sobre lo que en realidad significa la resolución del Consejo de Seguridad. Una vez más, será el cambio de régimen. Y así como en Irak –para usar una de las únicas frases memorables de Tom Friedman en ese tiempo–, cuando el último dictador se vaya, ¿quién sabe qué clase de murciélagos saldrán de la caja?

Y luego de Túnez y de Egipto, tenía que ser Libia, ¿verdad? Los árabes de África del norte demandan libertad, democracia, no más opresión. Sí, eso es lo que tienen en común. Pero otra cosa que esas naciones tienen en común es que fuimos nosotros, los occidentales, quienes alimentamos a sus dictaduras década tras década. Los franceses acurrucaron a Ben Alí, los estadunidenses apapacharon a Mubarak y los italianos arroparon a Kadafi hasta que nuestro glorioso líder fue a resucitarlo de entre los muertos políticos.

¿Sería por eso, me pregunto, que no habíamos sabido de lord Blair de Isfaján en fechas recientes? Sin duda debería haber estado allí, aplaudiendo con júbilo ante una nueva “intervención humanitaria”. Tal vez sólo está tomando un descanso entre episodios. O tal vez, como los dragones en La reina de las hadas, de Spenser, está vomitando en silencio panfletos católicos con todo el entusiasmo de un Gadafi en pleno impulso.

Abramos el telón apenas un poco y observemos la oscuridad que hay detrás. Sí, Gadafi es un orate absoluto, un lunático del nivel de Ajmadineyad de Irán o Lieberman de Israel, quien una vez, por cierto, se puso a fanfarronear con que Mubarak podía “irse al infierno”, pero se puso a temblar de miedo cuando Mubarak fue en verdad lanzado en esa dirección. Y existe un elemento racista en todo esto.

Medio Oriente parece producir estos personajes… en oposición a Europa, que en los 100 años pasados sólo ha producido a Berlusconi, Mussolini, Stalin y el chaparrito aquél que era cabo en la infantería de reserva del 16 regimiento bávaro y que de plano perdió el seso cuando resultó electo canciller en 1933… pero ahora estamos volviendo a limpiar Medio Oriente y podemos olvidar nuestro propio pasado colonial en este recinto de arena. Y por qué no, cuando Gadafi dice a la gente de Bengasi: “iremos zenga, zenga (callejón por callejón), casa por casa, cuarto por cuarto”. Sin duda es una intervención humanitaria que de veras, de veritas es una buena idea. Después de todo, no habrá “tropas en tierra”.

Desde luego, si esta revolución fuese suprimida con violencia en, digamos, Mauritania, no creo que exigiéramos zonas de exclusión aérea. Ni en Costa de Marfil, pensándolo bien. Ni en ningún otro lugar de África que no tuviera depósitos de petróleo, gas o minerales o careciera de importancia en nuestra protección de Israel, la cual es la verdadera razón de que Egipto nos importe tanto.

Enumeremos algunas cosas que podrían resultar mal; demos una mirada de soslayo a esos “murciélagos” que aún anidan en el reluciente y húmedo interior de su caja. Supongamos que Gadafi se aferra en Trípoli y que británicos, franceses y estadunidenses destruyen sus aviones, vuelan sus aeropuertos, asaltan sus baterías de vehículos blindadas y misiles y él sencillamente no desaparece. El jueves observé cómo, poco antes de la votación en la ONU, el Pentágono comenzaba a ilustrar a los periodistas sobre los peligros de toda la operación, precisando que podría llevar días instalar una zona de exclusión aérea.

Luego está la truculencia y villanía de Gadafi mismo. Las vimos este viernes, cuando su ministro del Exterior anunció el cese del fuego y el fin de todas las operaciones militares, sabiendo perfectamente, por supuesto, que una fuerza de la OTAN decidida al cambio de régimen no lo aceptaría y que eso permitiría a Gadafi presentarse como un líder árabe amante de la paz que es víctima de la agresión de Occidente: Omar Mujtar vive de nuevo.

¿Y qué tal si sencillamente no llegamos a tiempo, si los tanques de Gadafi siguen avanzando? Entonces enviamos mercenarios a ayudar a los rebeldes. ¿Nos instalamos temporalmente en Bengasi, con consejeros, ONG y la acostumbrada palabrería diplomática? Nótese cómo, en este momento crítico, no hablamos ya de las tribus de Libia, ese curtido pueblo guerrero que invocamos con entusiasmo hace un par de semanas. Ahora hablamos de la necesidad de proteger al “pueblo de Libia”, ya sin registrar a los Senoussi, el grupo más poderoso de familias tribales de Bengasi, cuyos hombres han librado gran parte de los combates. El rey Idris, derrocado por Gadafi en 1969, era Senoussi. La bandera rebelde roja, blanca y verde –la vieja bandera de la Libia prerrevolucionaria– es de hecho la bandera de Idris, una bandera Senoussi.

Ahora supongamos que los insurrectos llegan a Trípoli (el punto clave de todo el ejercicio, ¿no es así?): ¿serán bienvenidos allí? Sí, hubo protestas en la capital, pero muchos de esos valientes manifestantes venían de Bengasi. ¿Qué harán los partidarios de Gadafi? ¿Se “disgregarán”? ¿Se darán cuenta de pronto de que siempre sí odiaban a Kadafi y se unirán a la revolución? ¿O continuarán la guerra civil?

¿Y si los “rebeldes” entran a Trípoli y deciden que Gadafi y su demente hijo Saif al-Islam deben recibir su merecido, junto con sus matones? ¿Vamos a cerrar los ojos a las matanzas de represalia, a los ahorcamientos públicos, a tratos como los que los criminales de Gadafi han infligido durante tantos años? Me pregunto. Libia no es Egipto. Una vez más, Gadafi es un chiflado y, dado su extraño desempeño con su Libro Verde en el balcón de su casa bombardeada, es probable que de cuando en cuando también monte en cólera.

También está el peligro de que las cosas salgan mal de nuestro lado: las bombas que caen sobre civiles, los aviones de la OTAN que pueden ser derribados o estrellarse en territorio de Gadafi, la súbita sospecha entre los “rebeldes”/”el pueblo libio”/los manifestantes por la democracia de que la ayuda de Occidente tiene, después de todo, propósitos ulteriores. Y luego hay una aburrida regla universal en todo esto: en el segundo en que se emplean las armas contra otro gobierno, por mucha razón que se tenga, las cosas empiezan a desencadenarse. Después de todo, los mismos “rebeldes” que la mañana del jueves expresaban su furia ante la indiferencia de París ondeaban banderas francesas la noche de ese día en Bengasi. ¡Viva Estados Unidos! Hasta que…

Conozco los viejos argumentos. Por mala que haya sido nuestra conducta en el pasado, ¿qué debemos hacer ahora? Es un poco tarde para preguntar eso. Amábamos a Gadafi cuando llegó al poder en 1969 y luego, cuando mostró ser un orate, lo odiamos; después lo volvimos a amar –hablo de cuando lord Blair le estrechó las manos– y ahora lo odiamos de nuevo. ¿Acaso Arafat no tuvo un similar historial de altibajos para los israelíes y los estadunidenses? Primero era un superterrorista que anhelaba destruir a Israel, luego un superestadista que estrechó las manos de Yitzhak Rabin, y luego de nuevo se volvió un superterrorista cuando se dio cuenta de que había sido engañado sobre el futuro de Palestina.

Algo que podemos hacer es ubicar a los Gadafi y Saddam del porvenir que alimentamos hoy, los futuros dementes sádicos de la cámara de torturas que cultivan a sus jóvenes vampiros con nuestra ayuda económica. En Uzbekistán, por ejemplo. Y en Turkmenistán, Tayikistán, Chechenia y otros por el estilo. Hombres con los que tenemos que tratar, que nos venderán petróleo, nos comprarán armas y mantendrán a raya a los terroristas musulmanes.

Todo es tan conocido que fastidia. Y ahora estamos de nuevo en ello, dando puñetazos en el escritorio en unidad espiritual. No tenemos muchas opciones, a menos que queramos ver otro Srebrenica, ¿verdad? Pero un momento: ¿acaso aquello no ocurrió mucho después de que impusimos nuestra zona de exclusión aérea en Bosnia?

Robert Fisk

© The Independent

La intervención de la comunidad internacional en Libia y la eventual salida de Muammar Gaddafi del poder no están exentas de peligros ni garantizan la democratización del país norafricano, según expertos consultados por REFORMA.

Las medidas aprobadas ayer por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas evitarán en el corto plazo un derramamiento de sangre en Libia, según Manuel Ferez, profesor de Medio Oriente en la Universidad Iberoamericana de México y director del Centro de Investigación y Docencia para América Latina y Medio Oriente (CIDAM). “Pero tendrán un costo en el medio y largo plazo”, dijo.

Libia está conformada por centenares de tribus de bereberes, beduinos, turcos y árabes puros, entre otras etnias. Una situación que, unida a la presencia de mercenarios y personas leales a Gaddafi, hacen que el riesgo de una prolongada guerra civil en Libia siga siendo “muy alto”, incluso si finalmente se sacara al Mandatario del poder, impidiendo que los rebeldes logren éxitos democráticos duraderos, indicó Ferez.

Por ello, y ante una eventual intervención de la ONU o de la OTAN, Ferez señala la necesidad de que se acompañe a la época post Gaddafi de un plan que establezca mecanismos de consulta y asesoría para la democratización de Libia, así como de una presencia efectiva de tropas de paz de Naciones Unidas, “preferentemente”, para evitar que las luchas tribales degeneren en una guerra civil en el país.

“Al contrario que en otros países de la región, en los que sí se está produciendo una transición política, Libia es un Estado que carece de infraestructuras políticas, instituciones civiles o partidos políticos”, señaló por su parte Matthew Waxman, profesor de Derecho y Política Internacional en la Universidad de Columbia.

Waxman también hizo hincapié en la importancia de elaborar un plan de contingencia bien estudiado para garantizar la democratización de Libia a largo plazo y evitar que la comunidad internacional y Estados Unidos pierdan legitimidad ante otras dictaduras de la región.

La resolución del Consejo de Seguridad aprueba “todas las medidas necesarias” para proteger a la población civil de los ataques del Ejército de Gaddafi e imponer una zona de exclusión aérea sobre Libia. Pero no establece qué medidas concretas serán las que se lleven a cabo y expresamente “excluye una fuerza de ocupación” sobre el terreno.

Para Waxman, hay serios peligros de que la zona de exclusión aérea (si no va acompañada de otras medidas) no sirva para detener los ataques del Gobierno libio contra rebeldes y civiles. Además, señala, podría recrudecer aún más el conflicto en Libia.

“Las conocidas como acciones militares ligeras o de cirugía tienen un atractivo, porque frecuentemente dan la sensación de que se está haciendo algo, pero a menudo implican serios peligros”, señala. “Uno de ellos es que si acaban siendo inefectivas, nos pueden llevar a una situación peor a la que teníamos antes, minando nuestra credibilidad y creando un incentivo adicional para el recrudecimiento del conflicto”.

En la misma línea se expresa Micah Zenko, especialista en Prevención de Conflictos del Council on Foreign Relations de Estados Unidos.

“Si ves cómo está muriendo la gente en Libia, tanto civiles como rebeldes, la mayoría lo está haciendo por ataques terrestres”, indicó Zenko.  “No hay razón para asumir que las tropas de Gaddai -muy superiores en número y armas a los rebeldes- continuarán lanzando ataques aéreos”, prosiguió Zenko. “Claramente, redirigirán sus esfuerzos para acabar con los insurgentes utilizando solo sus recursos terrestres, sin violar la resolución de la ONU”.

“¿Qué se va a hacer entonces? A no ser que se esté dispuesto a dar el siguiente paso, que es desplegar fuerzas especiales para tratar de detener físicamente a las tropas terrestres de Gaddafi en su acoso contra la población civil y las matanzas contra rebeldes, no se debe imponer para nada la zona de exclusión aérea”, explicó.

El próximo 9 de julio, Sudán del Sur proclamará su independencia, convirtiéndose en el 54º país de África y el 193 del mundo.

Los habitantes de esta región dijeron `sí´ por abrumadora mayoría a su secesión del resto de Sudán en un referéndum celebrado recientemente, culminando así décadas de conflicto con las autoridades centrales del país, una lucha por la independencia que comenzó poco después de la descolonización de este país africano, en 1955, y que hasta la firma de los acuerdos de paz de 2005 dejó al menos dos millones de muertos, según Naciones Unidas.

Para muchos expertos y analistas, la independencia de Sudán del Sur responde a la nueva partida de ajedrez que están disputando Estados Unidos y China en el continente africano.

Washington respaldó abiertamente el proceso de independencia de esta región, que alberga el 75 por ciento de los 6.500 millones de barriles que produce Sudán, el tercer mayor productor de crudo de África y la mayor nación por extensión del continente hasta julio.

El Gobierno estadounidense ha mantenido presiones para que se produjera la independencia de Sudán del Sur, pero también ha ofrecido para ello concesiones al presidente de Sudán, Omar al Bashir, acusado de genocidio y crímenes de lesa humanidad por la Corte Penal Internacional (CPI).

Además de las enormes riquezas en recursos que posee, Sudán representa un papel muy importante para los intereses geoestratégicos de China y Estados Unidos. Pese a estar escorado al este, el país es el centro de operaciones del continente, el lugar con más fronteras del continente y el espacio donde las dos potencias mundiales han decido desplegar sus piezas.

 Una vez dividido, tanto Washington como Pekín tendrán que ganarse los favores del nuevo Gobierno de Sudán del Sur.

China había sido en los últimos años el principal socio comercial y consumidor de petróleo producido en Sudán. Pekín no solo ha cerrado multimillonarios contratos con Al Bashir, sino que además le ha provisto de armas para protegerse de los ataques cometidos por rebeldes de Sudán del Sur y de la región occidental de Darfur contra los centros de extracción de petróleo y refinerías del país.

Aparentemente, la independencia de Sudán del Sur supone un tanto para Estados Unidos. Pero que China dejase hacer y no obstaculizase el proceso en sus etapas finales hace pensar a algunos que el gigante chino podría haber alcanzado un acuerdo secreto con las autoridades de Sudán del Sur.

De cualquier manera, en este juego de las grandes potencias quien pierde son los habitantes de todo Sudán, que van a ver cómo sus posibilidades de desarrollo como nación se reducen, al quedar los centros de extracción petroleros en Sudán de Sur y las infraestructuras para su refinamiento y gasoductos en el Norte.

Es cierto que las reivindicaciones de independencia de Sudán del Sur llevaban produciéndose desde los años sesenta, pero no ha sido hasta la fuerte entrada comercial de China en Sudán cuando los independentistas del sur comenzaron a recibir apoyos de la comunidad internacional para alcanzar sus objetivos.

Son varios los ejemplos de movimientos independentistas en regiones africanas ricas en recursos, como en Cabinda (Angola), en el norte de Malí y Níger o en la Cascamanace (Senegal). Si China y Estados Unidos continuaran su juego estratégico podríamos ver en el futuro la independencia de alguna de esas regiones, en las que existen petróleos, fostatos e incluso plutonio.

 Pero, ¿y si Pekín apuesta por una agresiva política de acuerdos comerciales y ayudas económicas hacia América Latina, como la que desarrolló durante la década pasada en África?

Imaginemos que crea unos fuertes lazos con Venezuela o con Bolivia, países con regiones muy ricas en recursos naturales como Cochabamba o Zulia, en las que existen élites y oligarquías a las que podría interesar su independencia para explotar en exclusividad las riquezas de esas tierras. Así, de paso, países como Estados Unidos conseguirían asfixiar económicamente a gobiernos como el de Hugo Chávez o Evo Morales, hostiles a la inversión de multinacionales extranjeras.

La historia nos recuerda que crear líneas divisorias y favorecer la independencia de regiones ricas en recursos naturales siempre suele tener consecuencias similares: unos pocos se enriquecen mucho, mientras los que poco tienen, con nada se quedan.

La humanidad siempre se ha beneficiado de los intercambios, tanto de recursos naturales y comerciales como de lenguas y dialectos, de culturas y tradiciones. En definitiva, del mestizaje y del multiculturalismo, de la unión de los pueblos y de las personas. Las divisiones e independencias, por el contrario, generan odios y conflictos. Víctimas inocentes, dolor y sangre.