“La gente me pregunta: ‘¿Cesare, y la revolución?’ Y yo les contesto: ‘¿Qué revolución? Eso ahora es un chiste’. Yo tenía 16 años cuando entré en el activismo, ya no soy ese. Si continuase siendo un revolucionario hoy, sería un idiota”.

Quien habla, en entrevista al diario brasileño Folha, es Cesare Battisti, ex activista del grupo armado italiano de extrema izquierda Proletarios Armados por el Comunismo (PAC), condenado en ausencia en su país por cuatro asesinatos ocurridos a finales de los 70, asilado actualmente en Brasil y autor ya de 18 novelas.

Nacido en 1954, vivió su adolescencia en plena efervescencia de los movimientos sociales surgidos tras el mayo del 68 parisino.

En la Italia de la época fueron muchos los grupos que, como las Brigadas Rojas o el PAC, comenzaron a adoptar la lucha armada para librar una especia de guerra de estilo anarquista contra el capitalismo y lo que ellos denominaban el aparato represor del Estado.

Eran grupos marxistas que condenaban todo lo que oliese a Estados Unidos, pero que a su vez renegaban de la URSS y de los partidos comunistas tradicionales de la Europa Occidental, a los que consideraban traidores por haber colaborado con “los enemigos de los trabajadores” y haber claudicado ante el capitalismo.”En los años 70, en el mundo entero, había un movimiento revolucionario. Millones de personas lucharon, con o sin armas, contra regímenes y estados”, recuerda Battisti, cuyas palabras desprenden arrepentimiento, pero también evocan a una de las mayores tragedias vividas en México: la matanza del 2 de octubre del 68 en Tlatelolco.

“Yo era muy jóven, igual que todos los demás en aquella época creí que podía cambiar el mundo”, indica. “Pero cuando ves que matan a tu mejor amigo y tú tienes sólo 20 años, reaccionas”.Su reacción fue enrolarse en el PAC, un grupo armado creado en 1976 y conformado por apenas 60 jóvenes trabajadores, desempleados y profesores en Lombardía y en el Veneto.

“Aquel movimiento revolucionario respondió a una provocación, y respondió con las armas”, apunta. “Fueron los regímenes o los estados los que primero empezaron a usar las armas, los que empezaron a matar. Esa fue la estrategia de los regímenes y de los poderosos de la época. Ellos no tenían ninguna otra alternativa para poder destruir los riquísimos movimientos culturales y sociales de aquel tiempo, salvo la de incitar al uso de las armas, y caímos en la provocación”.

Desde hace 30 años, Battisti se encuentra en una fuga permanente que inició en México, lugar que le sirvió de inspiración para escribir sus primera novela,“Avenida Revolución”, donde narra la situación de los marginados en esa avenida emblemática de Tijuana.

Ya sin armas ni revolución que emprender, y siendo la historia de su vida un auténtico thriller, se aferró a la pluma para desarrollar una lustrosa carrera dedicada a la novela policiaca y el relato autobiográfico, con la novela “Mi huida” como su obra más leída.

En 1990 se instaló casi definitivamente en Francia gracias al apoyo del entonces presidente socialista François Mitterrand y de otras personalidades influyentes, como la escritora Fred Vargas, el filósofo Bernard-Henri Levy y el actual alcalde de París, Bertrand Delanoë.
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Hoy nos hemos levantado con una noticia de esas que provocan un sentimiento colectivo de indignación y rabia. De las que no pueden pasar desadvertidas sin una reacción y condena unánime de la sociedad, que merecen una respuesta drástica y bien sonada por parte de todos los ciudadanos. Y algo más.

Resulta que después de promover que los Gobiernos de Europa recortaran derechos sociales, laborales y económicos a cientos de millones de personas en todo el continente, después de ver cómo se congelaban y reducían los sueldos y se despedía a millones de empleados y decenas de miles de funcionarios, los diputados del Parlamento Europeo han votado hoy en contra de varias medidas dirigidas al ahorro y la contracción del gasto, como congelar sus salarios o renunciar a volar en primera clase.

Los políticos, especialmente los que han votado en contra de las medidas de ahorro para 2012 propuestas por el Parlamento Europeo, argumentarán que no se va a arreglar la crisis por mucho que se les congele el sueldo a ellos o se les cambie los billetes de avión de primera a clase turista. Y no les falta razón. Pero tampoco a todos los que pensamos que son unos sinvergüenzas.

Porque dicho de una persona, según la Real Academia Española de la lengua, sinvergüenza es quien comete actos ilegales en beneficio propio, o que incurre en inmoralidades. Y, lamentablemente, estamos gobernados por sinvergüenzas a los que hay que decir BASTA YA.

Primero permitieron que el sistema financiero y los mercados hicieran y deshicieran a su antojo sin ejercer ningún control político. Luego prometieron que actuarían contra aquellos que nos llevaron a la peor crisis económica mundial de los últimos 80 años, que acabarían con los paraísos fiscales y que no permitirían que la situación volviera a repetirse.

Más tarde ignoraron sus propias promesas, y a pesar de que la situación ya había disparado los niveles de desempleo y reducido el nivel adquisitivo de los ciudadanos (dejando en la absoluta desesperación a muchos), justificaron que para salir de la situación había que hacer ajustes “dolorosos” : congelar y reducir los sueldos de empleados y funcionarios; eliminar prestaciones sociales y ayudas al desarrollo; privatizar servicios públicos y, lo mejor de todo, nacionalizar las pérdidas de los bancos.

Los ciudadanos, víctimas inocentes de una catástrofe económica histórica, somos quienes tenemos que soportar sobre nuestras espaldas las consecuencias de una mala gestión política a nivel mundial que durante años se camufló bajo la máscara del “crecimiento”.

Dos años y medio después de la caída de Lehman Brothers, los bancos y multinacionales ya han vuelto a obtener beneficios de miles de millones de euros gracias a la inestimable ayuda de los gobiernos y a que somos nosotros, y nadie más, quienes hemos soportado como hemos podido una destrucción de empleo sin precedentes, quienes estamos frustrados por las lamentables expectativas de futuro que se nos presentan, quienes pagamos las subidas de los carburantes, de la electricidad y de todo tipo de impuestos. Tendremos que trabajar más años de nuestra vida por un sueldo y una jubilación menor, y pagar la educación y la salud de nuestros hijos y nietos cuando ya no haya servicios públicos.

Somos nosotros quienes carecemos de oportunidades laborales, quienes a pesar de las dificultades hemos visto como descienden nuestras prestaciones por desempleo y desaparecen algunos de los subsidios para quienes más los necesitan. Somos nosotros quienes tenemos que entregar nuestras casas por no tener medios para pagar la hipoteca.

Pero ellos, los políticos del Parlamento Europeo, no pueden renunciar a sus billetes de avión en primera clase ni a los 4.299 euros mensuales que reciben ¡¡sólo en concepto de gastos!!.

Nos engañaron primero haciéndonos vivir en la burbuja del consumismo descontrolado, en el cuanto más mejor, hasta que estalló la crisis. Después nos hicieron tragar la pantomima del G-20, ese foro multilateral que según Obama, Merkel y Sarkozy iba a demostrar que el poder político iba a actuar contra el poder económico para evitar que nosotros, sus electores, tuvieramos que sufrir las consecuencias.

Pero nos volvieron a engañar. Y nos aplicaron duros recortes a nosotros, no a las multinacionales e instituciones financieras, porque “son ellas quienes tienen que reactivar la economía y devolver la prosperidad a los ciudadanos”. Nos prometieron que iban a cambiar el sistema que nos hizo llegar a esta situación, pero lo único que han hecho ha sido reforzarlo y decirnos que la solución a lo que ocurre la tienen precisamente quienes crearon la crisis. No solo son unos sinvergüenzas, sino que nos toman por estúpidos.

Lo que está ocurriendo en Europa a raíz de la crisis de la deuda, solo da la razón a quienes piensan que la democracia es mentira y que los ciudadanos solo participamos en ella una vez cada cuatro años, depositando una papeleta en una urna.

Partidos que se hacen llamar socialistas y obreros no solo incumplen el 90% de sus promesas electorales, sino que actúan de manera totalmente opuesta a lo que anunciaron en sus programas, actuando contra trabajadores y gobernando en función de los dictados del mercado, ese ente sin rostro conformado por especuladores que nunca aparecieron en una lista electoral; personas que a las que no ponemos cara y de las que no conocemos ni siquiera su nombre, pero que han obligado a  hipotecar para siempre nuestros derechos en su propio beneficio con la inestimable ayuda del poder político.

¿Eso es democracia? ¿Eso es representar al pueblo?¿Para qué sirve nuestro voto?

De actos de sinvergonzonería como el de los eurodiputados tiene que salir la indignación popular que, como dice Stephan Hessel, ha de causar hoy la resistencia y reacción contra la dictadura de los mercados.

Los políticos ya han demostrado que ellos, en las circunstancias actuales, no se van a poner del lado de sus electores sino del de los mercados, y ante todo del suyo propio. Por eso siguen siendo una de las tres principales causas de preocupación para los españoles, y para muchas otras personas en todos los rincones de Europa. Pocos dicen confiar en ellos para sacarnos de esta situación. Y eso se refleja en la abstención registrada en comicios regionales y locales que han tenido lugar recientemente, por ejemplo, en Alemania o Francia.

Se aproximan las elecciones municipales en España, y el próximo año vendrán las generales. ¿Qué pasaría si el pueblo decidiera reaccionar con un 70% de votos en blanco?

De acuerdo, quizás no arreglaremos mucho. Pero al menos habremos demostrado coherencia. Ejerceríamos nuestro derecho y obligación de votar, sí, pero en blanco, mandado un mensaje muy claro de que nos sentimos engañados y estafados, que participamos en esta mentira de democracia porque no nos queda alternativa, haciendo que cualquier Gobierno elegido carezca de legitimidad y apoyo.

Por llamarlo de algún modo, y en términos similares a los empleados por los políticos para defender los recortes, sería un ‘plan de ajuste electoral’. Ellos nos quitan nuestros derechos porque lo dicen los mercados, y nosotros a ellos les retiramos el voto y la legitimidad democrática hasta que nos devuelvan lo que nos han robado. Así de sencillo.

Votar en blanco es sólo una idea. Repito: puede que no sirva de nada. Pero quizás así prendamos la mecha del cambio y lleguemos a provocar un Expediente de Regulación de Empleo (E.R.E) en el Congreso y el Senado. ¿Se imaginan despedir a todos aquellos políticos que sean prescindibles, los que chupan del bote y viajan en primera pero no realizan un trabajo trascendente para la ciudadanía? ¿Con cuántos de ellos nos quedaríamos?

Piensen por un momento en que llegará el día en que los titulares de los periódicos digan: ‘El paro entre la clase política supera ya el 20%. ¿Iríamos a peor los ciudadanos? ¿Acaso no merecería la pena?

Nosotros ya no tenemos mucho más que perder, pero sí mucho que ganar (o, mejor dicho, recuperar): nuestra dignidad y el sentido de la participación democrática.

Conque vamos a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles libios, ¿cierto? Lástima que no se nos haya ocurrido hace 42 años. O 41 años. O… bueno, ustedes saben el resto. Y no nos dejemos engañar sobre lo que en realidad significa la resolución del Consejo de Seguridad. Una vez más, será el cambio de régimen. Y así como en Irak –para usar una de las únicas frases memorables de Tom Friedman en ese tiempo–, cuando el último dictador se vaya, ¿quién sabe qué clase de murciélagos saldrán de la caja?

Y luego de Túnez y de Egipto, tenía que ser Libia, ¿verdad? Los árabes de África del norte demandan libertad, democracia, no más opresión. Sí, eso es lo que tienen en común. Pero otra cosa que esas naciones tienen en común es que fuimos nosotros, los occidentales, quienes alimentamos a sus dictaduras década tras década. Los franceses acurrucaron a Ben Alí, los estadunidenses apapacharon a Mubarak y los italianos arroparon a Kadafi hasta que nuestro glorioso líder fue a resucitarlo de entre los muertos políticos.

¿Sería por eso, me pregunto, que no habíamos sabido de lord Blair de Isfaján en fechas recientes? Sin duda debería haber estado allí, aplaudiendo con júbilo ante una nueva “intervención humanitaria”. Tal vez sólo está tomando un descanso entre episodios. O tal vez, como los dragones en La reina de las hadas, de Spenser, está vomitando en silencio panfletos católicos con todo el entusiasmo de un Gadafi en pleno impulso.

Abramos el telón apenas un poco y observemos la oscuridad que hay detrás. Sí, Gadafi es un orate absoluto, un lunático del nivel de Ajmadineyad de Irán o Lieberman de Israel, quien una vez, por cierto, se puso a fanfarronear con que Mubarak podía “irse al infierno”, pero se puso a temblar de miedo cuando Mubarak fue en verdad lanzado en esa dirección. Y existe un elemento racista en todo esto.

Medio Oriente parece producir estos personajes… en oposición a Europa, que en los 100 años pasados sólo ha producido a Berlusconi, Mussolini, Stalin y el chaparrito aquél que era cabo en la infantería de reserva del 16 regimiento bávaro y que de plano perdió el seso cuando resultó electo canciller en 1933… pero ahora estamos volviendo a limpiar Medio Oriente y podemos olvidar nuestro propio pasado colonial en este recinto de arena. Y por qué no, cuando Gadafi dice a la gente de Bengasi: “iremos zenga, zenga (callejón por callejón), casa por casa, cuarto por cuarto”. Sin duda es una intervención humanitaria que de veras, de veritas es una buena idea. Después de todo, no habrá “tropas en tierra”.

Desde luego, si esta revolución fuese suprimida con violencia en, digamos, Mauritania, no creo que exigiéramos zonas de exclusión aérea. Ni en Costa de Marfil, pensándolo bien. Ni en ningún otro lugar de África que no tuviera depósitos de petróleo, gas o minerales o careciera de importancia en nuestra protección de Israel, la cual es la verdadera razón de que Egipto nos importe tanto.

Enumeremos algunas cosas que podrían resultar mal; demos una mirada de soslayo a esos “murciélagos” que aún anidan en el reluciente y húmedo interior de su caja. Supongamos que Gadafi se aferra en Trípoli y que británicos, franceses y estadunidenses destruyen sus aviones, vuelan sus aeropuertos, asaltan sus baterías de vehículos blindadas y misiles y él sencillamente no desaparece. El jueves observé cómo, poco antes de la votación en la ONU, el Pentágono comenzaba a ilustrar a los periodistas sobre los peligros de toda la operación, precisando que podría llevar días instalar una zona de exclusión aérea.

Luego está la truculencia y villanía de Gadafi mismo. Las vimos este viernes, cuando su ministro del Exterior anunció el cese del fuego y el fin de todas las operaciones militares, sabiendo perfectamente, por supuesto, que una fuerza de la OTAN decidida al cambio de régimen no lo aceptaría y que eso permitiría a Gadafi presentarse como un líder árabe amante de la paz que es víctima de la agresión de Occidente: Omar Mujtar vive de nuevo.

¿Y qué tal si sencillamente no llegamos a tiempo, si los tanques de Gadafi siguen avanzando? Entonces enviamos mercenarios a ayudar a los rebeldes. ¿Nos instalamos temporalmente en Bengasi, con consejeros, ONG y la acostumbrada palabrería diplomática? Nótese cómo, en este momento crítico, no hablamos ya de las tribus de Libia, ese curtido pueblo guerrero que invocamos con entusiasmo hace un par de semanas. Ahora hablamos de la necesidad de proteger al “pueblo de Libia”, ya sin registrar a los Senoussi, el grupo más poderoso de familias tribales de Bengasi, cuyos hombres han librado gran parte de los combates. El rey Idris, derrocado por Gadafi en 1969, era Senoussi. La bandera rebelde roja, blanca y verde –la vieja bandera de la Libia prerrevolucionaria– es de hecho la bandera de Idris, una bandera Senoussi.

Ahora supongamos que los insurrectos llegan a Trípoli (el punto clave de todo el ejercicio, ¿no es así?): ¿serán bienvenidos allí? Sí, hubo protestas en la capital, pero muchos de esos valientes manifestantes venían de Bengasi. ¿Qué harán los partidarios de Gadafi? ¿Se “disgregarán”? ¿Se darán cuenta de pronto de que siempre sí odiaban a Kadafi y se unirán a la revolución? ¿O continuarán la guerra civil?

¿Y si los “rebeldes” entran a Trípoli y deciden que Gadafi y su demente hijo Saif al-Islam deben recibir su merecido, junto con sus matones? ¿Vamos a cerrar los ojos a las matanzas de represalia, a los ahorcamientos públicos, a tratos como los que los criminales de Gadafi han infligido durante tantos años? Me pregunto. Libia no es Egipto. Una vez más, Gadafi es un chiflado y, dado su extraño desempeño con su Libro Verde en el balcón de su casa bombardeada, es probable que de cuando en cuando también monte en cólera.

También está el peligro de que las cosas salgan mal de nuestro lado: las bombas que caen sobre civiles, los aviones de la OTAN que pueden ser derribados o estrellarse en territorio de Gadafi, la súbita sospecha entre los “rebeldes”/”el pueblo libio”/los manifestantes por la democracia de que la ayuda de Occidente tiene, después de todo, propósitos ulteriores. Y luego hay una aburrida regla universal en todo esto: en el segundo en que se emplean las armas contra otro gobierno, por mucha razón que se tenga, las cosas empiezan a desencadenarse. Después de todo, los mismos “rebeldes” que la mañana del jueves expresaban su furia ante la indiferencia de París ondeaban banderas francesas la noche de ese día en Bengasi. ¡Viva Estados Unidos! Hasta que…

Conozco los viejos argumentos. Por mala que haya sido nuestra conducta en el pasado, ¿qué debemos hacer ahora? Es un poco tarde para preguntar eso. Amábamos a Gadafi cuando llegó al poder en 1969 y luego, cuando mostró ser un orate, lo odiamos; después lo volvimos a amar –hablo de cuando lord Blair le estrechó las manos– y ahora lo odiamos de nuevo. ¿Acaso Arafat no tuvo un similar historial de altibajos para los israelíes y los estadunidenses? Primero era un superterrorista que anhelaba destruir a Israel, luego un superestadista que estrechó las manos de Yitzhak Rabin, y luego de nuevo se volvió un superterrorista cuando se dio cuenta de que había sido engañado sobre el futuro de Palestina.

Algo que podemos hacer es ubicar a los Gadafi y Saddam del porvenir que alimentamos hoy, los futuros dementes sádicos de la cámara de torturas que cultivan a sus jóvenes vampiros con nuestra ayuda económica. En Uzbekistán, por ejemplo. Y en Turkmenistán, Tayikistán, Chechenia y otros por el estilo. Hombres con los que tenemos que tratar, que nos venderán petróleo, nos comprarán armas y mantendrán a raya a los terroristas musulmanes.

Todo es tan conocido que fastidia. Y ahora estamos de nuevo en ello, dando puñetazos en el escritorio en unidad espiritual. No tenemos muchas opciones, a menos que queramos ver otro Srebrenica, ¿verdad? Pero un momento: ¿acaso aquello no ocurrió mucho después de que impusimos nuestra zona de exclusión aérea en Bosnia?

Robert Fisk

© The Independent

La intervención de la comunidad internacional en Libia y la eventual salida de Muammar Gaddafi del poder no están exentas de peligros ni garantizan la democratización del país norafricano, según expertos consultados por REFORMA.

Las medidas aprobadas ayer por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas evitarán en el corto plazo un derramamiento de sangre en Libia, según Manuel Ferez, profesor de Medio Oriente en la Universidad Iberoamericana de México y director del Centro de Investigación y Docencia para América Latina y Medio Oriente (CIDAM). “Pero tendrán un costo en el medio y largo plazo”, dijo.

Libia está conformada por centenares de tribus de bereberes, beduinos, turcos y árabes puros, entre otras etnias. Una situación que, unida a la presencia de mercenarios y personas leales a Gaddafi, hacen que el riesgo de una prolongada guerra civil en Libia siga siendo “muy alto”, incluso si finalmente se sacara al Mandatario del poder, impidiendo que los rebeldes logren éxitos democráticos duraderos, indicó Ferez.

Por ello, y ante una eventual intervención de la ONU o de la OTAN, Ferez señala la necesidad de que se acompañe a la época post Gaddafi de un plan que establezca mecanismos de consulta y asesoría para la democratización de Libia, así como de una presencia efectiva de tropas de paz de Naciones Unidas, “preferentemente”, para evitar que las luchas tribales degeneren en una guerra civil en el país.

“Al contrario que en otros países de la región, en los que sí se está produciendo una transición política, Libia es un Estado que carece de infraestructuras políticas, instituciones civiles o partidos políticos”, señaló por su parte Matthew Waxman, profesor de Derecho y Política Internacional en la Universidad de Columbia.

Waxman también hizo hincapié en la importancia de elaborar un plan de contingencia bien estudiado para garantizar la democratización de Libia a largo plazo y evitar que la comunidad internacional y Estados Unidos pierdan legitimidad ante otras dictaduras de la región.

La resolución del Consejo de Seguridad aprueba “todas las medidas necesarias” para proteger a la población civil de los ataques del Ejército de Gaddafi e imponer una zona de exclusión aérea sobre Libia. Pero no establece qué medidas concretas serán las que se lleven a cabo y expresamente “excluye una fuerza de ocupación” sobre el terreno.

Para Waxman, hay serios peligros de que la zona de exclusión aérea (si no va acompañada de otras medidas) no sirva para detener los ataques del Gobierno libio contra rebeldes y civiles. Además, señala, podría recrudecer aún más el conflicto en Libia.

“Las conocidas como acciones militares ligeras o de cirugía tienen un atractivo, porque frecuentemente dan la sensación de que se está haciendo algo, pero a menudo implican serios peligros”, señala. ”Uno de ellos es que si acaban siendo inefectivas, nos pueden llevar a una situación peor a la que teníamos antes, minando nuestra credibilidad y creando un incentivo adicional para el recrudecimiento del conflicto”.

En la misma línea se expresa Micah Zenko, especialista en Prevención de Conflictos del Council on Foreign Relations de Estados Unidos.

“Si ves cómo está muriendo la gente en Libia, tanto civiles como rebeldes, la mayoría lo está haciendo por ataques terrestres”, indicó Zenko.  ”No hay razón para asumir que las tropas de Gaddai -muy superiores en número y armas a los rebeldes- continuarán lanzando ataques aéreos”, prosiguió Zenko. “Claramente, redirigirán sus esfuerzos para acabar con los insurgentes utilizando solo sus recursos terrestres, sin violar la resolución de la ONU”.

“¿Qué se va a hacer entonces? A no ser que se esté dispuesto a dar el siguiente paso, que es desplegar fuerzas especiales para tratar de detener físicamente a las tropas terrestres de Gaddafi en su acoso contra la población civil y las matanzas contra rebeldes, no se debe imponer para nada la zona de exclusión aérea”, explicó.

El próximo 9 de julio, Sudán del Sur proclamará su independencia, convirtiéndose en el 54º país de África y el 193 del mundo.

Los habitantes de esta región dijeron `sí´ por abrumadora mayoría a su secesión del resto de Sudán en un referéndum celebrado recientemente, culminando así décadas de conflicto con las autoridades centrales del país, una lucha por la independencia que comenzó poco después de la descolonización de este país africano, en 1955, y que hasta la firma de los acuerdos de paz de 2005 dejó al menos dos millones de muertos, según Naciones Unidas.

Para muchos expertos y analistas, la independencia de Sudán del Sur responde a la nueva partida de ajedrez que están disputando Estados Unidos y China en el continente africano.

Washington respaldó abiertamente el proceso de independencia de esta región, que alberga el 75 por ciento de los 6.500 millones de barriles que produce Sudán, el tercer mayor productor de crudo de África y la mayor nación por extensión del continente hasta julio.

El Gobierno estadounidense ha mantenido presiones para que se produjera la independencia de Sudán del Sur, pero también ha ofrecido para ello concesiones al presidente de Sudán, Omar al Bashir, acusado de genocidio y crímenes de lesa humanidad por la Corte Penal Internacional (CPI).

Además de las enormes riquezas en recursos que posee, Sudán representa un papel muy importante para los intereses geoestratégicos de China y Estados Unidos. Pese a estar escorado al este, el país es el centro de operaciones del continente, el lugar con más fronteras del continente y el espacio donde las dos potencias mundiales han decido desplegar sus piezas.

 Una vez dividido, tanto Washington como Pekín tendrán que ganarse los favores del nuevo Gobierno de Sudán del Sur.

China había sido en los últimos años el principal socio comercial y consumidor de petróleo producido en Sudán. Pekín no solo ha cerrado multimillonarios contratos con Al Bashir, sino que además le ha provisto de armas para protegerse de los ataques cometidos por rebeldes de Sudán del Sur y de la región occidental de Darfur contra los centros de extracción de petróleo y refinerías del país.

Aparentemente, la independencia de Sudán del Sur supone un tanto para Estados Unidos. Pero que China dejase hacer y no obstaculizase el proceso en sus etapas finales hace pensar a algunos que el gigante chino podría haber alcanzado un acuerdo secreto con las autoridades de Sudán del Sur.

De cualquier manera, en este juego de las grandes potencias quien pierde son los habitantes de todo Sudán, que van a ver cómo sus posibilidades de desarrollo como nación se reducen, al quedar los centros de extracción petroleros en Sudán de Sur y las infraestructuras para su refinamiento y gasoductos en el Norte.

Es cierto que las reivindicaciones de independencia de Sudán del Sur llevaban produciéndose desde los años sesenta, pero no ha sido hasta la fuerte entrada comercial de China en Sudán cuando los independentistas del sur comenzaron a recibir apoyos de la comunidad internacional para alcanzar sus objetivos.

Son varios los ejemplos de movimientos independentistas en regiones africanas ricas en recursos, como en Cabinda (Angola), en el norte de Malí y Níger o en la Cascamanace (Senegal). Si China y Estados Unidos continuaran su juego estratégico podríamos ver en el futuro la independencia de alguna de esas regiones, en las que existen petróleos, fostatos e incluso plutonio.

 Pero, ¿y si Pekín apuesta por una agresiva política de acuerdos comerciales y ayudas económicas hacia América Latina, como la que desarrolló durante la década pasada en África?

Imaginemos que crea unos fuertes lazos con Venezuela o con Bolivia, países con regiones muy ricas en recursos naturales como Cochabamba o Zulia, en las que existen élites y oligarquías a las que podría interesar su independencia para explotar en exclusividad las riquezas de esas tierras. Así, de paso, países como Estados Unidos conseguirían asfixiar económicamente a gobiernos como el de Hugo Chávez o Evo Morales, hostiles a la inversión de multinacionales extranjeras.

La historia nos recuerda que crear líneas divisorias y favorecer la independencia de regiones ricas en recursos naturales siempre suele tener consecuencias similares: unos pocos se enriquecen mucho, mientras los que poco tienen, con nada se quedan.

La humanidad siempre se ha beneficiado de los intercambios, tanto de recursos naturales y comerciales como de lenguas y dialectos, de culturas y tradiciones. En definitiva, del mestizaje y del multiculturalismo, de la unión de los pueblos y de las personas. Las divisiones e independencias, por el contrario, generan odios y conflictos. Víctimas inocentes, dolor y sangre.